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HAMLET – COLOMBIA
“Una propuesta” GUILLERMO OLARTE PAEZ

“voy a hacer que esos cómicos representen delante de mi tío algo parecido al asesinato de mi padre… y por más que se altere, ya sé lo que me toca hacer”.


Esta expresión manifiesta en la escena XI del acto segundo, de Hamlet, induce a pensar y asumir los múltiples caminos hacia la interpretación. El texto nos muestra la intención de Hamlet por descubrir la verdad. Una verdad que él espera develar a través del artificio de la escena. Con ello intentará acercarse a los intereses de poder que acabaron con la vida de su padre. Hamlet, el personaje, aparece en el panorama, como un hombre conocedor del “fin último” del arte dramático. El arte, no es la realidad, sino una aproximación a ella. Una abstracción del mundo, de las relaciones entre los seres humanos. El arte dramático, un cúmulo de lenguajes que nos llevan a leer la realidad desde diferentes puntos de vista.

La compañía Hamlet – Colombia, toma la obra de Shakespeare y asume el reto de la interpretación. Comprende que la lectura de una obra es polisémica; y que siempre estará abierta a diversos caminos de interpretación, a partir de las condiciones, consecuencias, objetivos y realidades de sus productores. Una obra con una estructura fuerte y homogénea es a los ojos del lector, un mapa emocional que condiciona el sentido del drama, el espacio en que los personajes se acercan, las ambiciones de poder que se manejan y la perspectiva de mundo y de sociedad que asoma.

Respetar la estructura de una obra implica mirar el trasfondo de las relaciones sociales, culturales y políticas que le sirven de contexto. Implica, así mismo, comprender que el “texto escrito” es provocador de la imagen. “El texto escrito”, la palabra coge, verdadero, sentido en el momento en que las relaciones que, por ella, se gestan en la escena, develan un universo de acción y de pensamiento; una atmósfera de apariencia socializadora. La compañía “Hamlet Colombia”, se plantea una meta… un esfuerzo. Adaptar el texto clásico; el discurso dramático, a la realidad nacional. De suyo esa pretensión podría llegar a generar un fantasma pavoroso: la imagen caricaturesca de una “nacionalización” prototipo de caricaturas ramplonas. A mi modo de ver, ese es un primer éxito del montaje de la compañía, por cuanto la cotidianidad misma del lenguaje en el montaje, deja en la superficie de la lectura el sabor de lo clásico, alejado de toda caricatura; incluso, del prototipo de lo clásico.

El aporte de la compañía en tanto a la creación de la atmósfera, se refiere, corresponde a lo fundamental del arte: Elegancia con sobriedad. No se puede olvidar que el arte escénico es una diáfana composición del espacio en donde el movimiento de la escena y/o de los personajes corresponde a la propuesta del montaje; propuesta que nos señala en medio de la sobriedad, la imagen del claro oscuro; la profundidad del negro tras de la que subyace la sed del poder. Propuesta que nos señala en medio de la heterogeneidad del vestuario la forma, de repente, frívola en que se disfraza el poder como un artículo modal, en unos casos, o quizás sereno y protocolar, en otros. Todas estas facetas de la condición humana, se abren en medio del artificio del arte escénico. El ligero, pero muy sutil “aproche”, que existe en la eterna “verdad de las mentiras” del arte. Artificio que permite la vivencia entre la reflexión y el sentimiento. Evento que estalla cuando en medio de los espectadores, germina, así mismo, la confrontación entre el arquetipo y la realidad. Bella lección de dirección de escena desde el siglo XVI, para el mundo contemporáneo. Para un universo que desde la especialidad, la crítica o la simple visión del espectador parece despreciar o ignorar los verdaderos alcances del arte dramático.

Los espectadores, los lectores de la propuesta de La Compañía Hamlet Colombia, leen la propuesta; entienden el susurro a gritos de Hamlet, en medio de los corredores de la platea, y responden en medio de su silenciosa; pero ruidosa reflexión: “Que la palabra corresponda a la imagen y la imagen a la palabra” o lo que es igual: “Que la acción corresponda a la palabra y la palabra a la acción”. Es allí en donde se comprende que la palabra, más allá de ser un medio al servicio de la comunicación, es un acto de vida. Un acto de vida en donde las visiones, los pensamientos y las reflexiones se hacen acto y propuesta en la estética y en las ideas. Ello es lo que hace concreta, visible y perceptible una atmósfera.

Una atmósfera en la que la muerte o la locura se presentan en medio de la desesperanza o la dulce ignorancia. Una es la muerte como valor de compra y venta en medio de la transacción real. Otra es la muerte en medio de la filosofía popular y las prácticas rituales de la corte; tiene la muerte una marca en medio de lo que se gana o se pierde; tiene la muerte una marca en medio de quienes la ven como destino o como promesa divina. La marca de los dos guardias quienes la ven o la vivencian como honor de guardia o como riesgo de relax.

La serena reflexión de Hamlet… su diálogo que marcha entre el público y dentro del postigo, también, para pensar y sufrir el sentido de la vida y la muerte en su humanidad y en la de los demás. Todas estas contradicciones nos llevan a mirar la manera como el artificio de la escena deambula entre el llanto y la sonrisa; entre el drama, la tragedia o el humor. La oposición de sensaciones, sentimientos y expresiones que se da en los diversos géneros de la narrativa o de la dramaturgia, se hace presente en la obra de Shakespeare; y se encarna en la escena propuesta por la Compañía Hamlet Colombia.

La compañía hace una lectura del drama humano; un drama vívido en la escala de valores de cada uno de los personajes que son la encarnación o representación de los distintos pensamientos de la condición humana encajados en el imaginario social o cultural.

El arte escénico es, a no dudarlo, un lenguaje figurado en el que las pasiones, pensamientos, sentimientos y visiones de cultura y sociedad afloran en cada gesto, en cada texto, en cada centímetro de la atmósfera. Hamlet, en ese orden de ideas, resulta ser, aparte del gran drama humano y político, una gran lección del arte dramático, desde la propuesta escénica que aquí se hace.

La puesta en escena es un medio para establecer comunicación, a partir de los presupuestos de quienes hacen el montaje. Es la clara interpretación de un “Texto Escrito”. Un lenguaje figurado que tiene la lectura de un ángulo de la condición humana. Una lectura realizada por el autor; una lectura hecha por un traductor; una relectura hecha por un grupo; una reescritura en la mente y la visión de un director; una composición en la carne y en el movimiento de un grupo de actores, para que los espectadores podamos enfrentarnos a la recomposición misma del poema.

La Compañía ha propuesto su interpretación. Una interpretación que huele a lectura, a sudor y trabajo; una interpretación en donde se siente la presencia del cincel. Fue a esa interpretación a la que me enfrenté y pude leer a placer; fue a esa lectura ante la cual me complací siendo cómplice de su construcción y reconstrucción. Nunca me acerqué a ella como lector purista o fariseo; nunca me acerqué a ella queriendo leer lo que mi pretensión me indicaba o lo que mi “yoismo” seudo intelectual me pedía. Ante esa lectura fui lector crítico no pasivo; ante ella acepté, sentí, viví y algunas veces me negué siendo “cocreador”.



GUILLERMO OLARTE PAEZ. Comunicador social – catedrático - Actor

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