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Hamlet entre nosotros WILLIAM OSPINA

Macbeth es la historia de un traidor, el Rey Lear es la historia de un viejo insensato, Otelo es la historia de un inseguro, Ricardo III es la historia de un resentido. Pero ¿Qué es Hamlet? ¿Quién es Hamlet?


Habría que apelar a unos versos de 'El cementerio marino': ¿Acaso amor o el odio de mí mismo? / Tan cerca siento su secreto diente / Que puede convenirle todo nombre. Hamlet es el más popular de los personajes de Shakespeare. Todos los actores sueñan representarlo. Todos los directores sueñan secretamente dirigirlo.

Casi no hay escena de la obra que no se haya quedado en la memoria de los espectadores y de los lectores, o que no haya sido interpretada por el arte: Hamlet hablando con el espectro, Hamlet fingiendo locura por los pasillos de Elsinor, Hamlet atormentando con rudas palabras a la enamorada e ingenua Ofelia, Hamlet burlándose del ceremonioso Polonio, Hamlet acariciando el estilete mientras se pregunta si conviene más ser o no ser, Hamlet dirigiendo una compañía de cómicos y dándoles instrucciones para la actuación, Hamlet desistiendo de matar al rey Claudio mientras reza, para que su alma no se vaya al cielo, Hamlet matando al anciano consejero Polonio que se escondía bajo las cortinas, Hamlet conversando con el sepulturero, Hamlet jugando con la calavera sonriente de su antiguo bufón Yorick, Hamlet agonizando entre un cerco de moribundos y diciendo teatralmente sus últimas palabras: "El resto es silencio". Borges lo llamaba: "El dandy epigramático y enlutado de la corte de Dinamarca que, lento en las antesalas de la venganza, prodiga concurridos monólogos o juega tristemente con la calavera mortal". T. S. Eliot sintió que Hamlet es tan omnipresente y tan llenador, que lo llamó "La Mona Lisa de la literatura". "Palabras, palabras, palabras"; "Ser o no ser, he ahí el dilema", "Morir, dormir…, dormir, tal vez soñar", "Fragilidad, tu nombre es de mujer", "Yo podría estar encerrado en la cáscara de una nuez y sentirme sin embargo rey del espacio infinito", suelen citarse tanto sus frases que algún escritor despistado, invirtiendo los términos, escribió que no le gustaba esa obra tan llena de citas.

Otros han sentido que Hamlet inauguró la modernidad y se convirtió en el arquetipo del hombre moderno: el pensativo que siempre tarda en llegar a los hechos porque se demora en "el moroso análisis de sus actos". Es como si en él estuvieran desde el siglo XVII el cartesiano que duda de todo, el resentido que siempre se siente víctima de una ofensa original, el melancólico que no halla consuelo en la danza de las esferas porque todo es para él un miasma pestilente, el ironista suspicaz que en todo descubre oscuras maquinaciones y segundas intenciones, el héroe filosófico malogrado por la neurastenia.

Muchos vieron en él una prefiguración de Baudelaire, huérfano, traicionado por su madre, resentido con su padrastro, convirtiendo al universo en el escenario de una rebelión cósmica contra la autoridad y contra la simulación de los poderosos; o una prefiguración de Byron, apasionado y artista, vengándose de su clase social, de su reino y de toda la moral de su tiempo; o de los consumidos héroes de Dostoievski, atormentados por sus pensamientos; un precursor de Freud, poseído por todos los demonios del análisis, denunciador de todas las trampas de la tradición, víctima de todos los complejos de nombre mítico, moderno Edipo inconsolable, símbolo del muchacho vengativo, desadaptado y loco, y al mismo tiempo amonedador genial de aforismos, con algo de Wilde en la contundencia de sus epigramas y mucho de Nietzsche en la profundidad de sus sentencias.

Hamlet recibe de un fantasma cuatro detestables noticias: su padre ha sido asesinado, su propio tío es el asesino, su madre está casada con el victimario, y el trono que le corresponde a él está en poder de un usurpador. Lleno de angustia finge haber perdido la razón, desvaría, ofende a su novia y se burla de su suegro, un anciano ceremonioso y entrometido, pero, dudando de que la versión del fantasma sea cierta, busca por medio de una astucia la confesión expresa del rey. Pide a una compañía de cómicos poner en escena el crimen, para estudiar la reacción del rey y de la reina y, ante la turbación de ambos, convencido de que el fantasma ha dicho la verdad, empieza a tramar su venganza. Después, creyendo asesinar al rey, mata al consejero furtivo. Mientras la madre piensa que el muchacho está loco, el rey lo envía a Inglaterra con una orden secreta de asesinarlo al llegar, pero Hamlet cambia de rumbo y vuelve a su tierra. Apenas llegado descubre que su novia ha enloquecido de dolor, y se ha suicidado arrojándose a las aguas de un río. Hamlet no se da tiempo de deplorar esta pérdida, llega al cementerio, encuentra allí la calavera del bufón con el que jugaba cuando era niño, se enfrenta con Laertes, hermano de Ofelia, y decide apresurar su plan de venganza.

 

reconciliación entre los dos muchachos, les propone un duelo de esgrima, aunque en realidad se alía con Laertes para envenenar la punta del florete y provocar un aparente accidente mortal. Para mayor seguridad pone un veneno en la copa del sobrino, por si este sobrevive a la ponzoña del florete, pero la fatalidad trastoca las cosas: Hamlet, herido, hiere a su vez al adversario con la misma punta envenenada; la reina, sin darse cuenta, apura la copa preparada para su hijo, y cuando se advierte que todos, menos el rey, están a punto de morir, Hamlet hunde por fin el filo en el corazón del malvado. El balance final parece colombiano: Hamlet padre, Polonio, Ofelia, Laertes, Gertrudis, Claudio y el joven Hamlet, todos los protagonistas de la obra, salvo el ecuánime Horacio, amigo fiel del príncipe, mueren antes de que caiga el telón.

Se diría que éste es, a grandes trazos, el argumento de Hamlet, príncipe de Dinamarca. Pero Hamlet es muchos argumentos. ¿No es, por ejemplo, el hombre que, agobiado por las ofensas que ha sufrido, no logra descargar las culpas en otros, y termina destruyendo todo lo que quiere? A Hamlet le es perfectamente aplicable la sentencia de Wilde: "Todos los hombres matan lo que aman". Tratando de vengarse de Claudio, mata a Polonio, lleva a la locura y a la muerte a su amada Ofelia, mata después a su amigo Laertes, es la causa indirecta de la muerte de su madre Gertrudis, y termina atrayendo su propia muerte en el filo envenenado de la espada contraria. Este hombre meditativo que casi no logra llegar a la acción porque siempre lo demora un pensamiento, héroe moderno hecho de dudas y no de certezas, de argumentos y no de acciones, es el que necesita del arte para revelar las verdades.

El que obsesionado por el ideal, en este caso un ideal de justicia, es capaz de sacrificar en su locura el amor, la amistad, la fraternidad. Contemporáneo de Alonso Quijano, que enloquece de generosidad, Hamlet enloquece de indignación, y mientras don Quijote intenta salvar a los otros, Hamlet no consigue siquiera salvarse a sí mismo. Su inteligencia hace de la obra una comedia; su impulsividad hace de la obra una tragedia. Y Hamlet, que ironiza todo el tiempo, no logra ser salvado por su risa.

¡ Cómo cambia con cada lectura! Es muy difícil que la historia de Macbeth, o la de Lear, o la de Otelo, o la de Ricardo III cambien de una representación a otra. Su trama invariable de traición, de insensatez, de inseguridad o de resentimiento se abren camino a través de cada nueva interpretación.

Hamlet cambia de escenario en escenario, de director en director, de actor en actor. El personaje está siempre en el centro, y tiende a opacar los otros. Muchos han criticado la desmesura de su protagonista, pero la verdad es que, de versión en versión, Hamlet también se opaca a sí mismo. Dependiendo del actor, se convierte en un héroe filosófico, en un melancólico, en un loco, en un histrión, en un payaso, en un criminal, en una víctima de las circunstancias, en una víctima de su propia confusión interior. Es tan delicado el tejido de los versos y está tan vivo el lenguaje a lo largo de toda la obra, que cualquier énfasis arroja un nuevo resultado.

Por eso son tan importantes las representaciones de Hamlet, porque a partir de cierto nivel de acierto teatral, de eficacia escénica, no hay versiones mejores que otras, sólo distintas. Hamlet es un extraño Aleph que permite que afloren las situaciones más diversas, y se diría que hay un Hamlet para cada ser humano. Es el héroe de nuestra época, y lleva en sí los esplendores y los estigmas de nuestra moderna manera de ser humanos. Con Hamlet, Shakespeare parece haber llevado a su plenitud la posibilidad de una obra de teatro que pone a prueba todos los recursos del teatro mismo.

Una compañía de actores nuestros, dirigidos por el mexicano Martín Acosta, nos está ofreciendo un Hamlet memorable. No hay que perderse el placer de esas más de tres horas de intensidad humana y artística. Ni las posteriores jornadas de discusión sobre la obra, que son inevitables. Sólo quiero decir que el lenguaje está vivo (la traducción es de Joe Broderick), que la economía y eficacia de los recursos escénicos dejan respirar poderosamente la obra, que la corte de Elsinor es verdadera y brillante, y que Robinson Díaz ha logrado traernos a Hamlet desde las brumas de Dinamarca, y ponerlo a vivir entre nosotros.

ES TAN DELICADO EL TEJIDO DE LOS VERSOS Y ESTÁ TAN VIVO EL LENGUAJE A LO LARGO DE TODA LA OBRA, QUE CUALQUIER ÉNFASIS ARROJA UN NUEVO RESULTADO.
 
UNA COMPAÑÍA DE ACTORES NUESTROS, DIRIGIDOS POR EL MEXICANO MARTÍN ACOSTA, NOS ESTÁ OFRECIENDO UN HAMLET MEMORABLE.


Columna publicada en Revista Cromos Nš 4601, Mayo 9 de 2006

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