Habría
que apelar a unos versos de 'El cementerio marino': ¿Acaso
amor o el odio de mí mismo? / Tan cerca siento su secreto diente /
Que puede convenirle todo nombre. Hamlet es el más popular de los
personajes de Shakespeare. Todos los actores sueñan representarlo.
Todos los directores sueñan secretamente dirigirlo.
Casi no hay escena de la obra que no se haya quedado en la memoria de los
espectadores y de los lectores, o que no haya sido interpretada por el arte:
Hamlet hablando con el espectro, Hamlet fingiendo locura por los pasillos
de Elsinor, Hamlet atormentando con rudas palabras a la enamorada e ingenua
Ofelia,
Hamlet burlándose del ceremonioso Polonio, Hamlet acariciando el estilete
mientras se pregunta si conviene más ser o no ser, Hamlet dirigiendo una
compañía de cómicos y dándoles instrucciones para
la actuación, Hamlet desistiendo de matar al rey Claudio mientras reza,
para que su alma no se vaya al cielo, Hamlet matando al anciano consejero Polonio
que se escondía bajo las cortinas, Hamlet conversando con el sepulturero,
Hamlet jugando con la calavera sonriente de su antiguo bufón Yorick, Hamlet
agonizando entre un cerco de moribundos y diciendo teatralmente sus últimas
palabras: "El resto es silencio". Borges lo llamaba: "El dandy
epigramático y enlutado de la corte
de Dinamarca que, lento en las antesalas de la venganza, prodiga concurridos
monólogos o juega tristemente con la calavera mortal". T. S. Eliot
sintió que Hamlet es tan omnipresente y tan llenador, que lo llamó "La
Mona Lisa de la literatura". "Palabras, palabras, palabras"; "Ser
o no ser, he ahí el dilema", "Morir, dormir…, dormir,
tal vez soñar", "Fragilidad, tu nombre es de mujer", "Yo
podría estar encerrado en la cáscara de una nuez y sentirme sin
embargo rey del espacio infinito", suelen citarse tanto sus frases que algún
escritor despistado, invirtiendo los términos, escribió que
no le gustaba esa obra tan llena de citas.
Otros han sentido que Hamlet inauguró la modernidad y se convirtió en
el arquetipo del hombre moderno: el pensativo que siempre tarda en llegar a los
hechos porque se demora en "el moroso análisis de sus actos".
Es como si en él estuvieran desde el siglo XVII el cartesiano que duda
de todo, el resentido que siempre se siente víctima de una ofensa original,
el melancólico que no halla consuelo en la danza de las esferas porque
todo es para él un miasma pestilente, el ironista suspicaz que en todo
descubre oscuras maquinaciones y segundas intenciones, el héroe filosófico
malogrado por la neurastenia.
Muchos vieron en él una prefiguración de Baudelaire, huérfano,
traicionado por su madre, resentido con su padrastro, convirtiendo al universo
en el escenario de una rebelión cósmica contra la autoridad y contra
la simulación de los poderosos; o una prefiguración de Byron, apasionado
y artista, vengándose de su clase social, de su reino y de toda la moral
de su tiempo; o de los consumidos héroes de Dostoievski, atormentados
por sus pensamientos; un precursor de Freud, poseído por todos los demonios
del análisis, denunciador de todas las trampas de la tradición,
víctima de todos los complejos de nombre mítico, moderno Edipo
inconsolable, símbolo del muchacho vengativo, desadaptado y loco,
y al mismo tiempo amonedador genial de aforismos, con algo de Wilde en la
contundencia
de sus epigramas y mucho de Nietzsche en la profundidad de sus sentencias.
Hamlet recibe de un fantasma cuatro detestables noticias: su padre ha sido
asesinado, su propio tío es el asesino, su madre está casada con el victimario,
y el trono que le corresponde a él está en poder de un usurpador.
Lleno de angustia finge haber perdido la razón, desvaría, ofende
a su novia y se burla de su suegro, un anciano ceremonioso y entrometido, pero,
dudando de que la versión del fantasma sea cierta, busca por medio de
una astucia la confesión expresa del rey. Pide a una compañía
de cómicos poner en escena el crimen, para estudiar la reacción
del rey y de la reina y, ante la turbación de ambos, convencido de que
el fantasma ha dicho la verdad, empieza a tramar su venganza. Después,
creyendo asesinar al rey, mata al consejero furtivo. Mientras la madre piensa
que el muchacho está loco, el rey lo envía a Inglaterra con una
orden secreta de asesinarlo al llegar, pero Hamlet cambia de rumbo y vuelve a
su tierra. Apenas llegado descubre que su novia ha enloquecido de dolor, y se
ha suicidado arrojándose a las aguas de un río. Hamlet no se da
tiempo de deplorar esta pérdida, llega al cementerio, encuentra allí la
calavera del bufón con el que jugaba cuando era niño, se enfrenta
con Laertes, hermano de Ofelia, y decide apresurar su plan de venganza.
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reconciliación
entre los dos muchachos, les propone un duelo de esgrima, aunque en
realidad se alía con Laertes para envenenar la punta del florete
y provocar un aparente accidente mortal. Para mayor seguridad pone
un veneno en la copa del sobrino, por si este sobrevive a la ponzoña
del florete, pero la fatalidad trastoca las cosas: Hamlet, herido,
hiere a su vez al adversario con la misma punta envenenada; la reina,
sin darse cuenta, apura la copa preparada para su hijo, y cuando se
advierte que todos, menos el rey, están a punto de morir, Hamlet
hunde por fin el filo en el corazón del malvado. El balance
final parece colombiano: Hamlet padre, Polonio, Ofelia, Laertes, Gertrudis,
Claudio y el joven Hamlet, todos los protagonistas de la obra, salvo
el ecuánime Horacio, amigo fiel del príncipe, mueren
antes de que caiga el telón.
Se diría que éste es, a grandes trazos, el argumento
de Hamlet, príncipe de Dinamarca. Pero Hamlet es muchos argumentos. ¿No
es, por ejemplo, el hombre que, agobiado por las ofensas que ha sufrido,
no logra descargar las culpas en otros, y termina destruyendo todo
lo que quiere? A Hamlet le es perfectamente aplicable la sentencia
de Wilde: "Todos los hombres matan lo que aman". Tratando
de vengarse de Claudio, mata a Polonio, lleva a la locura y a la muerte
a su amada Ofelia, mata después a su amigo Laertes, es la causa
indirecta de la muerte de su madre Gertrudis, y termina atrayendo su
propia muerte en el filo envenenado de la espada contraria. Este hombre
meditativo que casi no logra llegar a la acción porque siempre
lo demora un pensamiento, héroe moderno hecho de dudas y no
de certezas, de argumentos y no de acciones, es el que necesita del
arte para revelar las verdades.
El que obsesionado por el ideal, en
este caso un ideal de justicia, es capaz de sacrificar en su locura
el amor, la amistad, la fraternidad. Contemporáneo de Alonso
Quijano, que enloquece de generosidad, Hamlet enloquece de indignación,
y mientras don Quijote intenta salvar a los otros, Hamlet no consigue
siquiera salvarse a sí mismo. Su inteligencia hace de la obra
una comedia; su impulsividad hace de la obra una tragedia. Y Hamlet,
que ironiza todo el tiempo, no logra ser salvado por su risa.
¡
Cómo cambia con cada lectura! Es muy difícil que la historia
de Macbeth, o la de Lear, o la de Otelo, o la de Ricardo III cambien
de una representación a otra. Su trama invariable de traición,
de insensatez, de inseguridad o de resentimiento se abren camino a
través de cada nueva interpretación.
Hamlet cambia de escenario en escenario, de director en director,
de actor en actor. El personaje está siempre en el centro, y tiende
a opacar los otros. Muchos han criticado la desmesura de su protagonista,
pero la verdad es que, de versión en versión, Hamlet
también se opaca a sí mismo. Dependiendo del actor, se
convierte en un héroe filosófico, en un melancólico,
en un loco, en un histrión, en un payaso, en un criminal, en
una víctima de las circunstancias, en una víctima de
su propia confusión interior. Es tan delicado el tejido de los
versos y está tan vivo el lenguaje a lo largo de toda la obra,
que cualquier énfasis arroja un nuevo resultado.
Por eso son tan importantes las representaciones de Hamlet, porque
a partir de cierto nivel de acierto teatral, de eficacia escénica,
no hay versiones mejores que otras, sólo distintas. Hamlet es
un extraño Aleph que permite que afloren las situaciones más
diversas, y se diría que hay un Hamlet para cada ser humano.
Es el héroe de nuestra época, y lleva en sí los
esplendores y los estigmas de nuestra moderna manera de ser humanos.
Con Hamlet, Shakespeare parece haber llevado a su plenitud la posibilidad
de una obra de teatro que pone a prueba todos los recursos del teatro
mismo.
Una compañía de actores nuestros, dirigidos por el mexicano
Martín Acosta, nos está ofreciendo un Hamlet memorable.
No hay que perderse el placer de esas más de tres horas de intensidad
humana y artística. Ni las posteriores jornadas de discusión
sobre la obra, que son inevitables. Sólo quiero decir que el
lenguaje está vivo (la traducción es de Joe Broderick),
que la economía y eficacia de los recursos escénicos
dejan respirar poderosamente la obra, que la corte de Elsinor es verdadera
y brillante, y que Robinson Díaz ha logrado traernos a Hamlet
desde las brumas de Dinamarca, y ponerlo a vivir entre nosotros.
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